martes, 1 de abril de 2014

LOS MEDICAMENTOS EN LA TERCERA EDAD


La esperanza de vida en el mundo occidental aumenta inexorablemente, configurando uno de los cambios demográficos más importantes de las últimas décadas: la presencia cada vez más elevada de personas mayores en nuestra sociedad. Aunque el envejecimiento no es sinónimo de enfermedad, sí implica un empeoramiento del estado de salud, debido al proceso progresivo e irreversible de declive fisiológico funcional que tiene asociado.
El proceso de envejecimiento se traduce en una progresiva disminución de la funcionalidad de los diferentes órganos y sistemas corporales y que se hará más marcada con el paso de los años, llegando a presentarse fenómenos de disfunción constante en los ancianos, que implican el empeoramiento de su estado general. Entre ellos cabe destacar la disminución de la funcionalidad renal, hepática, cardiaca y respiratoria, la disminución de la masa corporal y la inmunidad, trastornos del sistema nervioso, endurecimiento de los vasos sanguíneos por la acumulación de colesterol, debilitamiento de los huesos por pérdida de calcio, y degeneración de las articulaciones.
La terapia farmacológica en el anciano, por tanto, estará condicionada por las peculiaridades biológicas, funcionales y orgánicas que presentan y la pauta de administración y la respuesta terapéutica serán diferentes respecto a los individuos jóvenes.
Además, todos estos factores se manifiestan en el anciano en forma de diferentes patologías, conllevando un mayor consumo de medicamentos con respecto al adulto joven. Concretamente en España, país donde actualmente la esperanza de vida es de 81,95 años, 78,93 años en varones y 84,91 años en mujeres (datos del Instituto Nacional de Estadística), y se cifra que más de un millón de personas ya superan esta franja de edad, el consumo de medicamentos del colectivo de pensionistas representa en torno al 70% del gasto farmacéutico total.
Este aumento del consumo de fármacos convierte al anciano en un paciente polimedicado, en el que las reacciones adversas, el incumplimiento de los tratamientos y las interacciones entre diferentes fármacos constituyen un grave problema sanitario. La administración de un fármaco para tratar a un paciente de edad avanzada, que tiene varias enfermedades y recibe varios medicamentos adicionales, puede: Empeorar otra patología presente. Por ejemplo, algunos fármacos para tratar el asma pueden empeorar la función del corazón en el anciano. Interaccionar con otro medicamento utilizado para tratar otra dolencia, como ocurre con el posible aumento de la presión arterial por el uso de descongestionantes nasales en pacientes que utilizan antidepresivos. Provocar la aparición de toxicidad por acumulación de fármacos en el organismo debida a la menor eliminación de los medicamentos administrados por disminución de la funcionalidad de los riñones y el hígado.
Es aquí, en este punto, donde el farmacéutico, como profesional sanitario que a pie de calle tiene un contacto directo con el paciente de edad avanzada o sus cuidadores, puede desarrollar una gran labor sanitaria y social aconsejando sobre el uso racional de medicamentos en este grupo de edad.
La actuación del farmacéutico en la asistencia personalizada y en el seguimiento farmacoterapéutico al anciano puede contribuir a la consecución de una mayor protección de la salud de los mismos y una mayor prevención de enfermedades. http://www.portalfarma.com/Ciudadanos/Destacados_ciudadanos/Paginas/medicamentos-tercera-edad.aspx

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